septiembre 02, 2010

Devocional del 02 de Septiembre


Mateo 5:13-16

Debemos recordar que Jesús estaba entrenando a sus discípulos que luego se convertirían en los principales líderes de la iglesia que estaba formando. No les dijo que debían ser sal, sino que eran sal “Vosotros sois la sal de la tierra”, desde el momento que habían decidido seguir a Jesús, por ese solo hecho, comenzaron a influir en otros. Siempre que alguien recibe a Jesucristo como Salvador, sus parientes, amigos, vecinos y compañeros de trabajo fijarán sus ojos en él para ver qué hace, qué dice, cómo se comporta. La influencia que ejerce es muy grande. Desde el primer día es “la sal de la tierra”. Es aquí donde Jesús les advirtió que si pierden esa capacidad de influir en otros, no sirven para nada, sino para ser expulsados y pisoteados. Debemos tener presente que la sal nunca pierde su salinidad, solamente la que está mezclada con impurezas. El creyente que permite impurezas en su vida, tarde o temprano no servirá más para nada.

Jesús nos comparó a algo grande como una ciudad y a algo tan pequeño como es un candelabro. La ciudad edificada simboliza el testimonio de toda la iglesia que Jesús está edificando, porque él dijo “Yo edificaré mi iglesia”. El la está construyendo sobre un lugar elevado para que no pase desapercibida, escondida, sino para que todos la vean, aun desde muy lejos. El candelero en la casa simboliza el testimonio familiar que “alumbra a todos los que están en casa”. El testimonio público debe coincidir con el testimonio familiar. Debemos predicar el evangelio afuera, pero vivirlo dentro de nuestra casa. Las buenas obras deben hacerse afuera para que todos las vean y deben hacerse adentro, para que todos se beneficien y no nos feliciten a nosotros sino a Dios: “y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”, porque él es el constructor y el que encendió nuestra luz.

El almud era una medida romana de cereales y otros frutos secos que se empleaba en la antigüedad con capacidad para unos 8 litros. Este almud se ponía boca abajo, y servía de mesa para la familia. Nadie enciende una luz para ocultarla bajo el almud, sino que la pone en un lugar alto, indicando que Dios no ha encendido luz en nosotros para que la ocultemos y que nadie sepa que somos cristianos, sino para que alumbremos de día y de noche. Como costaba mucho encender la mecha del candelabro, y las habitaciones eran oscuras, se dejaba encendida la luz de manera permanente. “Así alumbre vuestra luz”






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