septiembre 12, 2010

Devocional del 12 de Septiembre


Mateo 7:1-6, Marcos 6:37-42

JUZGAR, según la definición del Diccionario de la Real Lengua Española es “Deliberar acerca de la culpabilidad de alguno y sentenciar lo procedente. 2. Persuadirse de una cosa, creerla, formar dictamen 3. Condenar a uno por justicia a perder una cosa. 4. Fil. Afirmar, previa la comparación de dos o más ideas, las relaciones que existen entre ellas.”
Tanto Mateo como Lucas utilizan la palabra griega (krino) que se traduce por “juzgar” (en la voz media quiere decir “comparecer, pleitear en juicio); condenar; decidir, pensar, preferir.”

Si leemos cuidadosamente el contexto es fácil ver que Jesús se está refiriendo al juicio de las actitudes de los demás, porque nuestro Señor acababa de enseñar que no debemos preocuparnos por el día de mañana, pero, si alguien realmente no se preocupa, inmediatamente nos podríamos pensar que es un vago, que no quiere asumir ninguna responsabilidad o que no es una persona en la cual podemos confiar. En este caso, sin conocer sus verdaderas motivaciones o actitudes, sin saber lo que está pasando en su interior y que lucha tuvo que enfrentar para tomar esa decisión, ya lo juzgamos como un vago. Esto es lo que Jesús prohíbe y nos advierte que si lo hacemos debemos saber que también a nosotros nos juzgarán de la misma manera. Al decir “con la medida con que medís os será medido” emplea la palabra “(metreite) que significa “metro, medida, capacidad, medida con limitación definida”.

Jesús describe con mucho colorido a una persona que tiene graves defectos de conducta empeñada en corregir los pequeños defectos de otras personas. “Y por qué miras la kárfos “brizna”, “basurita” o “paja” que está en el ojo de tu hermano, y no tomas en cuenta la dokós “viga” “tronco” que está en tu propio ojo”.

Porque es muy común exigir, cuando uno tutela a otra persona y se da cuenta que su comportamiento no es correcto, sea en su familia, o en el trabajo o en la iglesia, que se arrepienta y cambie su conducta. Eso está bien, porque esa es nuestra tarea y debemos exhortar y corregir todas las veces que sea necesario. Sin embargo, lo que enseñamos a otros debemos practicarlo nosotros mismos. Si el que enseña también está dispuesto a cambiar y se esfuerza por ser mejor cada día, sus discípulos harán lo mismo. Cuando Jesús dijo “el discípulo no es superior a su maestro” estaba señalando que cada uno de nosotros establece con su conducta los límites del crecimiento de aquellos que está discipulado. 

Significa que las cosas espirituales relacionadas con el evangelio, que son sagradas y que tienen mucho valor para nosotros no deben ser compartidas con aquellos que no son capaces ni de entender ni de valorar esta riqueza. Ningún perro sabrá distinguir el pan de la Santa Cena de un pan común, porque dentro de sus valores no existe ninguna cosa santa o sagrada. Un cerdo que espera que le arrojen comida, pisoteará las perlas que dejamos caer, porque las perlas no se comen.
Muchas veces los creyentes fueron ridiculizados y han sido el blanco de todas las burlas porque hablaron donde no debían hablar y contaron cosas que debían guardar como un valioso tesoro. Las cosas de mucho valor no deben mostrarse a todo el mundo.

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